Ruta a Puerto Pirehueico

Saliendo de Panguipulli, estas cicloviajeras encuentran una ciclovía a un costado de la gran vía vehicular y deciden probarla, pero al poco tiempo desisten tras golpes de ramas y brazos de árboles caídos; sin duda, es una vía poco o nada mantenida. De vuelta en la pista, les acompaña el gran Lago Panguipulli y de lejos, cada vez se acercan más al Volcán Mocho-Choshuenco. Contentas pedalean en una curvilínea ruta que luego de cada vuelta, muestra una nueva perspectiva de observación y vuelo. La buena comida es muy importante para que estas aves puedan seguir su camino así que se detienen en un bello mirador a comer una sopita de quínoa. El lago y el volcán siguen allí para acompañarlas a descansar y alimentarlas de sus más puros aires. Cerca de las seis de la tarde, decretan descansar y en una casa de Punahue piden refugio. Una anciana pareja de campesinos las recibe bondadosamente y debajo de una techumbre arman su carpa esa noche. Mientras ella hila lana de sus ovejas como de niña lo hacía, él cuenta que ambos eran oriundos de los cerros colindantes al volcán y hace unos años habían bajado por la ancianidad.  Así pues, a la mañana siguiente, las avecillas comienzan a emprender un vuelo cada vez más alto con un sol que entibiaba y un viento balanceador.

        Llegaron justito a Puerto Fuy a tomar la barcaza que las cruza a Puerto Pirehueico; les han contado que hay pocos, pero buenos niños y niñas a conocer y quizás qué historias tendrán para contar. La naturaleza se dispone así tal cual, durante este descanso, este parcito se maravilla del paraíso al que han de llegar y con mucha esperanza retoman su andar. Las coloridas hojas del otoño acompañan e inspiran su pasar… a la izquierda en un alto divisan la escuela “El Porvenir” de Puerto Pirehueico y así es como llega este venir con una dulce y amable profesora. Jaqueline vive allí mismo y durante la semana regalonea a ambas como si sus madres fuera. “la tía plofe” como dice Carlitos, el menor de sus estudiantes de tres años. Carlos, Yossinh, Yuliana y Edgardo son tesoros de magia e ingenuidad. Juntos caminamos, conversamos y jugamos con la alegría de encontrarnos en esta casualidad. Las dos son muy privilegiadas de observar y escuchar cómo es la vida de estos pichikeche en esta pequeña localidad. Las aves no tardan en despertar las primeras memorias de su niñez; no existe brillo en los ojos como aquel… 

Gracias infinitas a este lugar que esconde su tesoro más preciado hasta el final. 

pedaleando un cuento cicloviaje